Nadie cree que estén vivos, aunque muchos no lo digan por no perder una bandera política muy redituable y otros, porque manifestarlo sería incurrir en una actitud políticamente incorrecta.
Se puede poner en duda o negar categóricamente que los cadáveres hayan sido incinerados en el basurero. Se puede cuestionar la veracidad de las confesiones de policías municipales, sicarios y capos, sobre todo si varios de ellos presentaban lesiones causadas posteriormente a su detención y habida cuenta de que en nuestro país la tortura es una práctica que tristemente ha repuntado y de que era urgente esclarecer el monstruoso crimen e informar a la indignada opinión pública que se había ya detenido a los autores y a los partícipes. Sigue leyendo